Atencin

 

     

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Para qu decir yo nada...

Publicado por ternasco  |  0 comentarios


...Si un maestro ya lo hizo:

"La montaa ha marcado mi formacin desde el principio. Me ha permitido satisfacer la nescesidad innata de medirse y probarse, de conocer y saber lo que cada hombre experimenta. As, empresa tras empresa, all en lo alto, me he sentido cada vez ms vivo, libre y autntico, en suma, realizado. Siempre he obedecido en mi vida de escalador a las emociones, al impulso creativo y contemplativo. Pero ha sido especialmente durante la prctica del alpinismo solitario, cuando he podido entrar en sintona con la Gran Naturaleza y cuando he podido intuir con mayor profundidad an mis porqus y mis lmites.

Afrontar en soledad la naturaleza ms adusta me ha acostumbrado ante todo a tomar solo mis propias decisiones, me ha enseado a medirlas con mi metro y a pagarlas con mi piel. Por lo tanto, la soledad ha sido para m una escuela formativa, una condicin preciada, una verdadera necesidad a veces; nunca, en cambio, angustia. Precisamente gracias a estos preliminares, he podido efectuar en todas las ocasiones un fascinante viaje hacia mi propio interior para escrutarme, comprenderme y, al mismo tiempo, entender mejor a los dems y al mundo que nos rodea. A veces, el silencio que acompaaba mi aventura solitaria me aturda con todos sus misterios, pero decir silencio -bien lo saba ya entonces- significaba tambin escucharme, hablarme, reflexionar.

Me he preguntado a menudo si he nacido o si me he hecho solitario. Es cierto que algunas experiencias me han hecho perder muchas ilusiones con respecto a los dems. Pero, en todo caso, mi naturaleza es la del alpinista solitario.

La accin me ha llevado a soar, a temer, a exaltarme y, la mayora de las veces, del sueo y de mi sensibilidad surga la accin. Est, pues, fuera de toda duda que yo soy un soador, mis aventuras comenzaron a existir en el mismo momento en que tomaron forma en mi mente. Trasladarlas a la realidad no ha sido mas que la consecuencia lgica de aquel primer destello, de aquella invencin primera. Cuando imagin que podra escalar en solitario el Pilar del Dru, me encontraba en un momento peculiar, en un estado de nimo casi irreal donde todo puede parecer posible y normal. La posterior materializacin de esta escalada fue tan slo una consecuencia natural y prevista, seguramente no ms vlida que el puro hecho de haberla ideado. Cuando sueas que concibes cosas extraordinarias, cuando crees que realmente creas, entonces, slo entonces tu alma supera las barreras de lo posible. Siempre he creido en ello profundamente.

No existen montaas propias -ya se sabe-, S existen sin embargo experiencias propias. A las montaas pueden subir muchos otros, pero ningn otro podr invadir jams las experiencias que son nuestras y como tales permanecern.

En mi opinin, el valor de una montaa, es decir, el de su escalada, est constituido por la suma de elementos diversos y todos importantes: el esttico, el histrico y el tico. Nunca podra separar estos tres factores ni prescindir de ellos, ya que fundamentan mi concepcin de la montaa.

Hay quien, por indolencia, slo es capaz de ver en el alpinismo un medio para huir de la realidad de nuestros das. Pero no es justo. No excluyo que, ocasionalmente, pueda manifestarse en quien lo practica cierto componente de escapismo, pero este componente no debe atropellar la razn fundamental que no es huir sino alcanzar.

El miedo, que debera vivirse siempre conservando cierto control, constituye muchas cosas diferentes al mismo tiempo. A menudo me ha servido para estimular el coraje, incluso el coraje de aceptar la renuncia cuando es necesaria. A su vez, el coraje es un sentimiento que hace al hombre dueo de su propia dignidad. Coraje, sobre todo en el plano individual, es tambin la voluntad cvica y responsable de no degradarse a la creciente degradacin moral. Es, por ltimo, esta sana cualidad que consiste en cargar con los propios errores: virtud bastante escasa en la actualidad y por eso precsamente an ms digna de aprecio. Con todo, el coraje no podr ser nunca fruto de un impulso desmesurado y peligroso: el riesgo subsiguiente sera por s mismo estpido, rido e insignificante. Considero que un tipo de riesgo da sabor a las cosas y es, sin duda, uno de los componentes de la aventura, pero se trata de un caballo cuyas riendas hay que saber sujetar con firmeza.

Captar la atencin de los dems puede ser una exigencia humana que, incluso, llega a ser gratificante para algunos. Pero la notoriedad por s misma no significa nada: un palurdo, por ejemplo, puede alcanzarla en su mximo grado. En cambi, ser seguido, comprendido, querido es algo grande. Sera hipcrita si negase el placer que puede proporcionarme el xito y la consideracin de los otros. Pero siempre he leido la prensa con un solo ojo. En mis tiempos, todo lo que haca en la montaa constitua notcia, informacin, pero para m se trataba slo de un hecho marginal. De no haber sido as, despus del Cervino en el invierno de 1965 -yo no tena ms que treinta y cinco aos-, habra emprendido otras aventuras en la montaa, quizs incluso repitindome. Sin embargo, lo dej. Tal vez sirva esto como demostracin de lo indiferente que me resultaba la notoriedad: de hecho, una vez conquistada al ms alto nivel, no la "explot", al contrario, abandon la escena del gran alpinismo que me haba procurado la fama.

Mi vida de alpinista est sembrada de experiencias vividas en los lmites del drama, no puedo negarlo. Pero hay que tener en cuenta que durante ms de dieciseis aos me mov en medio de situaciones extremas. De todos modos, la montaa no ha sido para m nicamente un territorio de tragedia y de sufrimiento -como insinuan con frecuencia quienes me suponen masoquista-, sino ante todo lugar de gozo y de exaltacin, porque en lo alto he vivido horas, situaciones y espectculos verdaderamente nicos. S -respondo a una provocacin recurrente-, he completado tambin numerossimas ascensiones hermosas, sweguras y realizadas con nimo tranquilo, pero han resultado ser escaladas sin historia, no merecen ser recordadas en estas pginas.

A menudo he tenido que luchar duramente en defensa de los principios que sostienen mi existencia. Represento un referente ms bien incmodo para aquellos que no quieren entender; he sido acusado de ser polmico y de tener mal carcter. La verdad, sin embargo, es que escucho la crtica honesta, inteligente y constructiva. El resto se pierde en el aire, ms an, procede de quienes son aire.

Muchos son los alpinistas del siglo XIX que he admirado por la forma en que afrontaban las montaas, prescindiendo del xito conseguido y del valor que atribuan sus seguidores a sus escaladas. Bastante menos me reconozco en el pensamiento y en las ambiciones de los contemporneos, aunque aprecio sus dotes como escaladores.

Siempre he considerado al compaero de cordada, ante todo, un amigo sincero y seguro, capaz de arriesgarse, de tomar decisiones y en posesin de una cierta cautela natural. He contado siempre con poderme entender con l incluso sin hablar. No me ha importado gran cosa si no se ha revelado como un perfecto plusmarquista en la accin. Desgraciadamente, no me he encontrado a menudo compaeros de tal clase y, al contrario, cuando crea encontrarme en perfecta sintona con alguien ha llegado, por sorpresa, la decepcin.

Nunca he buscado la competicin en la montaa. Con frecuencia la he evitado. Pero muchas veces, cuando me he cruzado en el camino con algn aspirante a la misma cima, hemos unido nuestras fuerzas o, en el peor de los casos, le he cedido el paso.

Como la edad no representa para m una limitacin, puesto que la vivo como un acrecentamiento, estoy convecido de haber vivido, y de seguir hacindolo, de forma muy activa y evolucionada. He satisfecho todas mis ambiciones y realizado todas mis expectativas. No quiero con esto proponerme como modelo para nadie. Sin embargo, veo que hay quienes comparten mi forma de sentir y de ser, y entonces se despierta en m el orgullo de proponerme como punto de referencia para ellos. No obstante, atencin: verme slo como alpinista es ver slo la mitad de m. Incluso bastante menos de la mitad si tenemos en cuenta que al alpinismo, al de ms compromiso y riesgo, no le he dedicado ms que dieciseis aos de mi vida. As pues, si tengo ocasin de serle til a alguien, slo puedo sentirme feliz y orgulloso por ello: lo considero importante. Creo que todo hombre siente la necesidad de difundir sus experiencias, de transmitrselas a los otros, y que, andando el tiempo, con los aos, esta necesidad se acenta ms. Pero en mi caso, se ha producido, casi para contradecirme, un sentimiento emanado de un rencor largamente padecido. Estoy hablando del desprecio hacia aquellos -y son demasiados- que provocaron tantos y tales problemas a mi alrededor que me indujeron un da a marcharme, hastiado no de la montaa, por supuesto, sino de la comunidad alpinista; harto, muy a menudo, de aquellos que precisamente ms la representan. Todo esto me arrebat el deseo y la posibilidad de vivir en mi mundo; y cuando digo vivir, quiero decir, s, recibir, pero tambin dar. Quin me ha forzado a tanto? No es un rostro determinado o, mejor dicho, es el rostro de la incomprensin, de la envidia, de la irresponsabilidad, de la hipocresa, del cinismo que he notado en torno a m, haciendo que me sintiera muchas veces presa de un hatajo de miopes y falsos. Todava estoy pagando sus nocivos efectos.

El alpinismo siempre signific para m aventura, no poda y no deba significar otra cosa; y esa aventura he querido vivirla, ayer y hoy, a escala humana. Por lo tanto, cuando de m ha dependido, he rechazado todo tipo de organizacin y de soporte tcnico en mis empresas, para preservar esta valiosa dimensin. Hace algunos aos, por ejemplo, haba decidido vivir una experiencia singular en una tierra todava virgen, lejana de cualquier asentamiento humano. Mi eleccin haba recado en la Patagonia chilena, una porcin de tierra austral hendida por los profundos fiordos que se adentran all desde el ocano Pacfico. Una tierra que se mantiene, todava hoy, al margen del resto del mundo.

Todo aquello que en esos parajes hice se produjo a escala humana, lo que me report una nueva experiencia. Pero si nicamente hubiese querido vivir una aventura de repercusin popular en la Patagonia, habra hecho como hacen otros: asegurarse enlaces y abastecimiento mediante el rpido transporte areo, utilizar conexiones de radio y seales electrnicas de diversas clases, servirse de infalibles instrumentos que operan a travs de satlites del tipo Global Positioning System, para garantizarse una perfecta orientacin y para conocer con exactitud las distancias recorridas o todava por recorrer. Una empresa fin en s misma, estril, apta slo para convalidar el xito del medio tcnico empleado. Una expedicin que hoy, por supuesto, no constituye un problema pero que tampoco tiene ningn inters en el plano humano. Adems, ese tipo de aventura, a la que me opongo decididamente, se basa, en una especie de engao vergonzoso que distorsiona todo ante los ojos de los dems. Un engao difundido en cada aventura que, con escaso buen gusto y an menos correccin, querr compararse con la autntica aventura de los pioneros. En resumen, afirmo que ah ya no hay aventura: faltan la soledad, la incgnita y la sopresa. Son esos factores los que ponen a prueba el ingenio y los recursos del hombre y los que recuperan una dimensin ms natural para sus empresas.

Sofisticados medios y equipamientos, productos dietticos y farmacuticos dignos de los astronautas, aparte de una profundizacin en los conocimientos en el campo mdico, biolgico, fisiolgico y otros, no podan por menos que revolucionar y ampliar cada vez ms los lmites de lo posible. Teniendo esto en cuenta, convendra no confundir las cosas de hoy con lo irrealizable de ayer, cuando lo desconocido era vasto y los medios para afrontarlo rudimentarios. En los materiales modernos, por ejemplo, todo es racional, ligero, resistente. Las bombonas de oxgeno han sido sustituidas en las cotas enrarecidas de los ocho mil metros por la farmacoterapia, que alivia tambin la fatiga muscular y cerebral. Gracias a la evolucin de los medios y a la seguridad psquica que se desprende de ella, lo imposible en la aventura retrocede ms y ms cada da hasta poder afrontar y convertir casi en normal -en niveles altos, se entiende- cosas hasta ayer impensables. Por otra parte, cada uno es hijo de los medios, de los lmites y de los sentimientos caractersticos de la propia generacin. Lo comprendo y lo respeto aunque, a veces, me resulta difcil entrar en la lgica de tiempos que no me pertenecen. Me interesa pero siempre con la condicin de que hombres y empresas estn perfectamente acordes con sus correspondientes pocas.

Nos preguntamos qu sentido puede tener el alpinismo hoy en da. Todo aquello que expresa valores humanos, y por lo tanto tambin el alpinismo, debera merecer respeto. Sin embargo, no siempre es as porque, actualmente, en un mundo que parece cada vez ms dispuesto a premiar a los astutos y a los tramposos, a rendirse ante ladrones y corruptos, es difcil auspiciar virtudes como la honestidad, la coherencia, la responsabilidad, el compromiso y los gestos desinteresados del espritu. Todos sabemos que la verdadera enfermedad de base, infecciosa y contagiosa, se incuba hoy en da en el Estado -al menos en el nuestro- con sus instituciones deslegitimadas y envilecidas, con sus entramados de poder y de intereses personales con demasiada frecuencia escandalosos. Todo esto lleva a que la sociedad, afectada por los efectos del mal gobierno, casi asfixiada por el reflejo de las debilidades propias y ajenas, llega a subvertir los valores ms elementales.

Sea como sea, mientras en el alpinismo se manifiesten la fantasa, la pureza de sentimientos y la necesidad de conocimiento -referido este ltimo, sobre todo, a la naturaleza individual- el alpinismo permanecer vivo. No existe, como alguno teoriza, la escalada moderna, antigua o futura. Existe slamente la escalada y, como tal, no es ms que un medio convenientemente adaptado a la propia tica prara alcanzar las propias aspiraciones. Sin embargo, no confundamos alpinismo y virtuosismo, aventura y espectculo.

Como ya he dicho, la montaa ha sido para mi, sobre todo, un motivo y un medio para ir ms all, para dar salida a mi curiosidad. Y aqu vuelve a surgir el tema de que yo soy, en el fondo, un gran curioso. Pero he tenido tambin otros motivos no menos importantes, como el de vivir fuera de ciertos esquemas sociales que limitan y, a menudo, desilusionan; moverme en una naturaleza grandiosa y genuina, a la que me siento vinculado; medirme sobre todo conmigo mismo; encontar mi identidad; en una palabra, la realizacin. Si ha habido decepcin, sta no ha sido provocada por la montaa, lo repito, sino por su mundo, por su gente. Con razn o sin ella, he sido muy envidiado, criticado e, incluso, atacado. Pero se trata, tan slo, de la otra cara de la moneda.

En la montaa se ponen aprueba y se desarrollan dotes espartanas que impone la propia naturaleza, pero es difcil trasladarla a la enseanza en el vivir cotidiano. Es el eterno conflicto entre dos vidas: sobre el papel podran parecer afines y que una vida sirviera para fortalecer a la otra, pero en realidad se encuentran en dos lneas que divergen y que, en muchas ocasiones, se oponen. La montaa me ha enseado a no hacer trampas, a ser honesto conmigo mismo y con lo que hago. Afrontada de cierta manera, la montaa es una escuela indudablemente dura, a veces incluso cruel, pero sincera, lo que no siempre sucede en la vida diaria. As pues, si traslado estos principios al mundo de los hombres, me ver considerado al instante como un tonto y, en todo caso, ser castigado puesto que yo no he dado codazos, tan slo los he recibido. Es verdaderamente difcil conciliar estas diferencias. De ah la importancia de fortalecer el espritu, de elegir lo que se quiere ser. Y, una vez elegida una direccin, se debe ser lo suficientemente fuerte como para no sucumbir a la tentacin de tomar otra. Naturalmente, el precio que hay que pagar para permanecer fieles a est "orden" es altsimo. En lo que a m respecta, el patrimonio espiritual que he obtenido es proporcional.

Con el paso de los aos, haba comprobado con ms claridad que, en el fondo, mi verdadera inclinacin era la de vivir la aventura en su expresin ms amplia y universal. As pues, tena que ensanchar mis horizontes y girar trescientos sesenta grados en un mundo que, aunque ya lo haba atisbado, era an desconocido para m. Cuando nace el gusto por descubrir, constantemente se siente el deseo de ir ms all. De todos modos, a pesar de haber pasado tantos aos, siempre he regresado al Mont Blanc y lo he hecho como se vuelve a la casa paterna para dialogar, con todo el afecto y los recuerdos que un hijo busca en los padres.

A partir de un inters inicial que ha sido el de practicar alpinismo, han germinado todos los brotes al dictado de la curiosidad. Hoy puedo afirmar que me ha interesado todo y todava puede interesarme si se ha hecho,pensado y vivido de una determinada manera. Por lo tanto, siempre he albergado, de forma innata y acentuada, el deseo de conocer y saber; sin embargo, slo he podido satisfacer suficientemente este deso por medio de la experiencia alpinista primero y ms tarde andando en solitario por el mundo.

Ahora me conozco mejor a m mismo y cuanto he hecho. S lo que quiero de m y de los dems. En mi corazn tengo la total certeza de que no existen metas regladas. A esta conclusin he llegado, ms all de las cimas alcanzadas, de los lugares explorados y de los xitos obtenidos."



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Blog creado por ternasco el 29/06/2009

Montaa, escalada y pampaneo


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