Atencin

Hector Sanmiguel

     

, 14:53

Otoo

Publicado por Hector Sanmiguel  |  0 comentarios


Una bandera clara hondea suavemente el fino viento clido, colgada a ms de 2000 metros del fondo del valle. Un mstil de madera, ya viejo, sostiene su cuerpo rasgado, tratado por los duros inviernos y los metros de nieve y hielo, por el sol cegador y el calor asfixiante.

Pero ella hondea sola, hondea libre, mecida por las brisas se deja llevar, en cierto modo esclava del aire pirenaico del otoo. Slo los pjaros se atreven a mirarla desde su misma altura, el resto debemos tratar de observarla desde abajo, con el cuello apuntando muy alto y los pies an en el fondo del valle.

Los botes de nocilla se acumulan en la esquina de nuestro pequeo saln, uno sucede al siguiente y creo que suean con llegar a rozar algn da el techo. Debo de estar compuesto por esta sustancia casi mgica y maldita al mismo tiempo, con un castillo de envases en slo un mes y medio ensuciando este antao precioso saln. Intento que esa energa me acompae durante mis incursiones por el Pirineo, con una pierna recin estrenada, tras un mes sin realizar mi actividad bsica y vital, tambin conocido como correr y ganas de saludar nuevamente a estas preciosas cimas.

Luces agudas estallan con fuerza fras, contra el cordal que observamos. La arista que vive detrs nuestro mira impetrrita y casi doliente el oscuro desvanecimiento del sol y cmo nosotros, insignificantemente nos sumimos en la oscuridad del horizonte. Soles calurosos y lunas fras acompaan nuestras miradas elevadas que ahogan la melancola en formas que raspan el cielo, como rasgando el tejido de los sueos.


Subo rpido, con la vista fija en un trozo tejido de blanco sobre una gran roca. Ella se re de m, viviendo tan alta y tan ligada a las esperanzas; yo tan minsculo para vivir con ella, me conformo con llegar a tocarla, aunque sea slo un instante, una vez, que me deje volver abajo, a rozar el suelo y el temido asfalto, mi saco caliente, mi papel con unas lneas escritas tmidas la noche pasada y mis pies descalzos sobre la hierba hmeda.
Aristas afiladas defienden su estrecha cima, como si a un gran castillo quisiera semejarse. Mis zapatillas muerden la roca, resbalan y suenan cuando consiguen fijarse en una laja. Las piedras caen sonoras y solitarias hacia ambos abismos, mi corazn palpita fuerte y mi boca exala la tensin en un solo suspiro.

Corro en la divisoria entre la esperanza y la muerte, corro por encima de las nubes y los hechos, gil, volando entre el viento como un pjaro, viviendo el el terreno de los sueos, en el lugar de las cimas, en la imaginacin de un nio.

Me aferro a uno y otro saliente, salto una placa y resbalo y una pedrera, pienso en estar por encima del propio concepto de correr y ms en la idea de flotar por las montaas en cada zancada.

Un ciervo me estornuda mientras trepo o eso intento por una canal pedregosa que trata de lanzarme al averno. Nos miramos asombrados, yo por acabar de descubrir que l sabe estornudar y l por saber qu hago yo subiendo a esa cima, slo, semidesnudo y a la hora de comer, si hoy es da laborable.



Ms sobre esta historia en: http://hectorsanmiguel.org/2014/11/27/otono/



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Sobre este Blog
Blog creado por Hector Sanmiguel el 15/06/2014

http://hectorsanmiguel.wordpress.com Correr por las montaas como poesa. Cuando una imagen ya no vale ms que mil palabras La estupidez de las cimas slo superada por la estupidez de los valles.


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