Atencin

Los alpinistas tambin tienen familia

  

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Hermann Buhl

Publicado por Nanga Parbat  |  0 comentarios


Est nevando. De nuevo estamos a las puertas de la Navidad, pero al contrario que otras veces, no siento ni prisas ni sobresaltos. No hay peleas ni emociones a flor de piel, tampoco los burdos intentos de que la pantomima termine bien. Una profunda calma me reconforta, una paz que nace de la certeza de haber superado muchos obstculos y de saber afrontar la vida sin dramatismos, por muchas sorpresas que vayan apareciendo en el camino.

Mis ojos van vagando hasta posarse en la imagen enmarcada en la ventana de la cocina. Gruesos copos se balancean remolones y acaban cayendo en el silente paisaje, que oculta todo resto de vida bajo su mortaja invernal. Es tanta la suavidad con que la nieve va cubriendo rboles y prados, tanto el cario con que los nveos cristales acarician todo aquello que encuentran a su paso, que parece que estn celebrando un acto amoroso. En la naturaleza, el invierno es poca de reconciliacin, el momento en que las ansias y el deseo hibernan para recobrar fuerzas de cara a la prxima estacin, cuando de nuevo vuelvan a despertar las pasiones y renazcan las ansias de fertilidad, el afn por la abundancia. A lo mejor el invierno es la poca en que tambin las personas tienden a reconciliarse, suponiendo que de verdad quieran imitar a la naturaleza, que se atrevan a mirar en su interior y perciban cun presto se va el placer, aunque sea el rbol navideo el que tenga que recordrselo.

Estoy en mis montaas, en el hogar de mi infancia, en una casa que lleva el nombre de mi padre, aunque l jams la haya visto. Hace ya casi sesenta aos que muri, sesenta aos sepultado bajo la perpetua nieve de sus montaas. Yo apenas llegu a conocerlo, al gran hroe del alpinismo en los aos 50, pero cada rincn de esta casa guarda recuerdos de su presencia: las fotos que tom, los libros que l mismo escribi y los que, en distintos idiomas, otros escribieron sobre l, los utensilios que jalonan sus logros de escalador. La casa est preada de su aura. Su nombre es una leyenda desde hace tiempo; su corta vida nos llen a nosotros, su familia, de una claridad cegadora, y poco despus no nos qued sino la penumbra del ms recndito valle.

En la sala de estar, a unos pocos metros, duerme mi madre. Tiene ms de ochenta aos y ya le aburren las cartas navideas. Me quedo observndola un buen rato. Tan pequea, envuelta en esa manta, parece un pajaruco en su nido, durmiendo en este enorme casern que ya no puede gobernar sola. Tiene muchos inviernos a sus espaldas, la mayora de ellos sola y desprotegida, con tres cras a las que dar calor y cario; ella, a la que haban arrebatado ese hombro comprensivo donde apoyarse. Despus vinieron ms inviernos, sola ya en aquella casona hurfana de juventud. Haca tiempo que las hijas habamos volado del nido, dejando nicamente algunas fotos, cosas de la escuela y la ropa que se nos haba quedado pequea, testigos mudos de aquella desbordada vitalidad que brotaba por los rincones de esta casa, mientras que ahora apenas se escucha el borboteo del agua en los radiadores. La miro en silencio para no despertarla, como seguramente me mir ella a m tantas veces, cuando estaba en la cuna.

Mi madre. No es fcil calcular la energa que despleg esta frgil mujer para sacar adelante a su camada. Tampoco es fcil imaginarse que un da exhalar su ltimo aliento y que la nieve cubrir su tumba, que no volver a sentarse nunca ms conmigo a la mesa y que no me echar la bronca maternal mientras comemos. Me doy la vuelta. Noto que me he quedado fra aunque en el saln hace bastante calor. Vuelvo a la cocina y me siento de nuevo a la mesa, la misma mesa en la que hace una eternidad escriba mis deberes, la misma mesa a la que me siento desde que era nia. A veces sola, a veces con amigos, con la familia o cuando vengo a visitar a mi madre, la Estrella Polar de mi a menudo azarosa vida. Nosotras dos, madre e hija, no nos hemos guardado nada. Nos hemos gritado, nos hemos suplicado; hemos luchado por lograr la comprensin de la otra y nos hemos tirado a matar. Sobre esta mesa hemos derramado nuestra ira y nuestras decepciones. Aos despus, viendo crecer a mi hija, empec a comprender a mi madre. Y ahora, cuando ms me necesita, casi decrpita, es cuando admiro toda su grandeza. Ella es la verdadera protagonista, el hroe de esta familia. Por fortuna an tengo ocasin de devolverle algo de lo que ella me dio antes: proteccin, aliento y sobre todo admiracin. Me gustara rendirle un homenaje con un libro que espero poder leerle yo misma... Bueno, todo est dispuesto para conjurar a los espritus del pasado. Empecemos.


Primera Parte

"Pareca que empezaba como un sueo, pero result ser el destino."

Rainer Maria Rilke, del poema "Amar", 1896



Mi padre

Mi padre muri antes de que yo cumpliera seis aos, poco antes de empezar la escuela. Pusieron velas y flores y derramaron lgrimas por l. Tres meses ms tarde pusieron otra vez velas y flores y tambin se derramaron lgrimas, pero esta vez por m, aunque era mi cumpleaos. Yo crea que un cumpleaos era motivo de alegra, sobre todo si era el primero despus de empezar la escuela y te haban regalado una mochila que todava ola a cuero. Todos, mam, la abuela, los tos, los amigos de la familia: todos hablaban de l, del que faltaba, de lo orgulloso que estara de m si pudiera ver cmo me pavoneo con la mochila nueva a la espalda. Mi padre faltaba en el crculo familiar, por supuesto. Era un fin de semana de septiembre y haca muy bueno, un tiempo ideal para ir al monte a escalar. Mi padre habra faltado de todos modos. Es en este mes cuando los montaeros andan como posesos brincando entre collados y roquedos.

Mi padre tambin estaba en el monte seis aos atrs, el da que yo nac. Cuando baj y me vio por primera vez casi enloquece de alegra. Ahora l estaba muerto y toda la familia perciba incrdula el vaco que haba dejado en nuestras vidas. Sin embargo, yo estaba muy orgullosa, porque ya saba escribir con tiza en la tablilla mi nombre con letras bien rectas y bonitas. Pero al mismo tiempo estaba triste porque me apenaba ver llorar a mi madre. Yo crea que mi padre se haba ido, como otras veces, a aquel lejano pas llamado Himalaya, donde decan que haba verdsimas praderas que yo imaginaba habitadas por elfos y duendes, empinadas laderas donde silban las marmotas... y donde no existen las lgrimas. Se haba muerto de verdad? Qu significaba estar muerto? En el curso de la ascensin al Chogolisa, a unos 7.000 m de altitud, una cornisa de nieve cedi y arrastr a mi padre a las entraas del glaciar Baltoro, en el Karakorum. Su cuerpo nunca fue encontrado. Durante muchos aos, hasta que era ya casi adulta, tuve un sueo recurrente: mi padre volva a casa, harapiento como un vagabundo, desaliado y con largas barbas. La gente pensaba que era un hippie desfasado y no le crean cuando repeta que era realmente l, el famoso alpinista Hermann Buhl, vencedor del Nanga Parbat. Ni siquiera mi madre lo reconoci. Slo yo saba quin era. Lo notaba en mis venas, por las que corre su sangre; en mis piernas, que ansiaban salir en su busca; en mi corazn, que se esforzaba por acercarse al suyo. Pero nadie me crea. Al final lo acababan echando de casa y del pueblo, que aqu no nos gustan los impostores ni los malhechores... Entonces me despertaba, empapada en sudor, y me daba cuenta de lo mucho que le echaba de menos.



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Sobre este Blog
Blog creado por Nanga Parbat el 11/11/2015

Si os interesa la vida de Hermann Buhl, vencedor del Nanga Parbat y del Broad Peak, uno de los ms grandes alpinistas de todos los tiempos, ste es vuestro sitio. Este blog est dedicado a l con la intencin de ofreceros no slo una crnica novedosa de sus legendarias ascensiones, sino tambin una perspectiva del montaismo que quiz para muchos sea desconocida: la de su familia. Qu siente una esposa y madre cuando sabe que la vida de su marido pende de una cuerda? Cmo soporta la familia el vaco que queda tras una tragedia? Os ofrezco aqu el testimonio directo de la hija mayor de Hermann Buhl, a la que conozco personalmente. Que disfrutis.


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