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Los alpinistas tambin tienen familia

     

, 22:20

cara Norte del Eiger

Publicado por Nanga Parbat  |  0 comentarios




Hermann le dice a su mujer algo al odo y se le iluminan los ojos. Quiere que vayan con l a Suiza, al Eiger. Ya ha arreglado todo con su amigo Sepp, que va a guardar un sitio para ella y la nia en el auto. Desde la cabaa podrn verle con los prismticos mientras trepa por los riscos. Esta es la manera que tiene de hacer feliz a su mujer. Mientras otros maridos se procuran la felicidad domstica pagando el tributo en la joyera o llevando a su esposa al restaurante ms caro de la ciudad, l alberga a su mujer y a Kriemhild, con sus diez meses de edad, en una litera del refugio de Kleiner Scheidegg, atiborrado de bulliciosos alpinistas que lo usan como punto de partida para atacar la clebre cara norte del Eiger. "Estaremos de vuelta esta misma noche", le susurra al despedirse, mucho antes del amanecer. Est seguro de que todo saldr bien. En realidad nunca se ha sentido mejor. Su alma vibra con cada paso que le acerca a la montaa, siente que su cuerpo es una caja de resonancia, un instrumento del que emana una meloda. Cuando observa la pared, cuando palpa por vez primera la fra roca, siente que la vida corre por sus venas y que todo su ser entra en ebullicin.

Este es siempre el momento ms bonito de toda ruta: el comienzo. Es algo as como enamorarse, concentrarse en el objeto del deseo y desterrar toda sombra de duda. La pared vertical le incita, ha sido creada nicamente para que l la escale. Para hollarla, para darle un nombre estampando su firma en la piel caliza, para honrarla. Aos ms tarde le preguntarn a Hermann por qu se dedica a escalar montaas, por qu tanto sufrimiento, y l responde simplemente: "Porque estn ah, esperando a que alguien las escale."

Las cumbres adquieren pleno significado a travs de las personas que hallan el camino para conquistarlas. La montaa no es ms que un fenmeno geolgico, un accidente; es el hombre el que la convierte en una obra de arte. El escalador encuentra una ruta donde no hay sino obstculos. Emplea sus manos y sus pies para entrelazar corredores, aristas, canales y grietas hasta trazar una va all donde el ojo inexperto no ve sino un roquedo inhspito e inaccesible. Los escaladores son artistas: descubren lo oculto en lo evidente. Hallar una ruta en la roca es una composicin que conjuga la gravedad, la fantasa y el dominio del cuerpo. Si a esto aadimos unos cambios climatolgicos tan abruptos como los que ocurren en la cara norte del Eiger, entonces la travesa adquiere tintes de epopeya, a menudo con final trgico. La tragedia es otra cara de la pasin, tanto en las cumbres como en el amor. Por esto los alpinistas son tambin amantes. Ven lo que los dems no llegan a ver: la belleza de una lnea, de un gesto, la majestuosidad de una ruta. Se entregan por completo al objeto de su deseo, no descansan hasta dominarlo, hasta poseerlo.

Hermann pone la mano en la piedra, le resulta desconocida y hostil. Los estratos de la pared estn plegados hacia abajo: roca plana, hmeda, resbaladiza, quebradiza. Todos los salientes estn llenos de arena que los aludes han ido depositando poco a poco, lo que hace de sta una ascensin especialmente peligrosa. La pared se comporta como una amante esquiva, desde el primer momento le mira con desdn, pero eso no puede doblegar su pasin. Lo que tiene claro al cabo de unas horas es que no va a ser un viaje de placer, sino un encarnizado combate cuerpo a cuerpo. Y sin embargo la magnitud del reto le hace rugir de entusiasmo, porque se sabe capaz de superarlo. La lucha realza la dimensin de su empeo y hace que el osado alpinista alcance el rango de hroe, le permite lograr la trascendencia que le es imprescindible para la supervivencia: su vida civil, de ciudadano normal fuera de la zona de riesgo, carece de sentido para l. Cuando pelea con la titnica montaa se siente capaz de superar lo que le hace vulnerable, de vencer sus miedos: al fracaso, a la soledad, a verse sometido por una fuerza superior; a despearse, a quedar borrado de la faz de la Tierra. Los miedos que conoce desde su ms tierna infancia. Eran tan vivos que tuvo que eliminarlos para no enloquecer. Pero an latan en lo ms profundo de su alma, le impedan relajarse y descansar. Esos miedos tambin eran su fuente de energa. Es en la montaa, cara a cara con su viejo rival, a cuya majestad se enfrenta armado nicamente de su propia maestra, donde siente que su vida tiene sentido. Avanza a duras penas a travs de un ttrico laberinto de agotamiento, privaciones, de miedo a morir, de fro, sed y hambre. Cuando escala una pared se olvida de todo. Tiene tanto que olvidar. En el orfanato era uno de los ms pequeos, de los ms dbiles. Un mocoso apocado, tmido y temeroso de todos: de las severas celadoras y de los chicos mayores, que pisoteaban a los ms flojos. Para poder olvidar el orfanato tendra que trepar por todas las paredes rocosas del planeta.

El alpinismo de altura no es cosa de broma. El aura mgica que envolva al montaero errante, aquel que volaba como un pjaro de cumbre en cumbre y que era idolatrado en todo el mundo, ya se haba esfumado: haca tiempo que los alpinistas de su categora haban dejado atrs el romanticismo. S tenan cabida las sensaciones conocidas: desafiar la ley de la gravedad, superar un paso peliagudo, respirar de alivio tras un momento de gran dificultad y paladear la conquista de una cima. Son vivencias que duran apenas unos instantes, pero se convierten en alimento de la pasin por las cumbres y en fuente de la fantasa del escalador, una quimera urgente para las grandes empresas. Las rutas extremas exigen mucho ms que valor, agilidad y resistencia: exigen inspiracin.

La pared del Eiger retiene a Hermann y a Sepp durante tres das y tres noches. No slo a ellos, sino a otras tres cordadas que acaban formando una cofrada fantasmal en busca de una conjura contra las adversas condiciones. Aludes y avalanchas de piedras amenazan con arrastrar al vaco a los nueve hombres. La pared se recubre de una fina capa de hielo que tapa todas las fisuras. Avanzan por el muralln con una lentitud exasperante, pues hay que ir picando el hielo paso a paso. El bramido de la tormenta hace imposible entenderse; el fro penetra los msculos hasta taladrar los huesos, entumece manos y pies hasta convertirlos en muones de carne muerta. Las cuerdas se transmutan en finas barras de acero y la ropa empapada se vuelve rgida como una estaca. La vista slo alcanza al prximo asidero; hace falta mucha intuicin para poner el pie en el sitio apropiado.

Ahora es cuando Hermann se alegra de haber estudiado a fondo los mapas y de haber ledo relatos de ascensiones: en su mente ya ha hecho la travesa varias veces. Algunos colegas le llamaban pedante. Algunos de ellos ya no estn vivos. Se fiaron de la suerte o de su capacidad de improvisacin. Hermann sabe de sobra que sin improvisacin no se puede coronar ninguna cumbre. Pero sin la debida planificacin puede que tengas que abandonar a solo cien metros del pico porque te falta la visin. La visin es el mapa de la escalada que el alpinista tiene grabado en su mente y que le indica el camino: es el reglamento de un juego que te dan cuando la partida parece perdida. En este infierno, Hermann asume el reto de guiar a su variopinta cordada a travs de una pared que no acaba nunca. El segundo da no consiguen subir ms de doscientos cincuenta metros... Y quera coronar la vertical de mil ochocientos en un solo da! En estas rutas extremas la teora no sirve de nada: todo depende del tiempo que te toque. Si tienes mala suerte, ascender un solo metro cuesta tanto esfuerzo como cien en condiciones favorables. Cada paso exige concentracin absoluta. Esta pared es implacable. Si Hermann perdiese la concentracin, la roca no le permitira seguir en su lomo ni un minuto ms.

Las noches en el vivac no eran muy reparadoras. En dormir ni pensaban, aunque el cansancio era indescriptible. La supervivencia no es compatible con el sueo, primo hermano de la muerte. Sobre todo si ests suspendido en una pared vertical a veinte grados bajo cero: el que se duerme, muere congelado. Slo la capacidad de concentracin permite a los hombres mantenerse despiertos en su mortaja de ropa hmeda, la misma capacidad que evita movimientos bruscos que hagan peligrar su ya precaria situacin. Los pensamientos giran ya en torno al da que viene, a los siguientes largos de cuerda, al prximo ventisquero. Hay veces que la mente de Hermann llega hasta Geni y la nia, al pie de la montaa. l sabe que la espera puede ser peor que el propio infierno: al menos l ha elegido su propio infierno. Durante la tercera noche, las reflexiones culminan en alucinaciones de sed y hambre. Mi reino por un sorbo de t caliente, por un plato de patatas! Es una tortura pensar en comida caliente con el estmago vaco, pero es tambin una forma de mantenerse despierto. Cada uno est encerrado en sus propias ideas. La cuerda que enlaza a los nueve hombres es solo imaginaria. Ninguno de ellos puede separarse de su soledad y tampoco puede compartirla. Cada habitante de este planeta vive aislado en su soledad. Esta mxima tiene para Hermann algo de liberacin: le confirma que la palabra comunidad es una ilusin. Claro que se trata de una ilusin reconfortante, pero nada ms. Es conveniente mirar a la soledad a los ojos, enfrentarse a ella. A partir de aqu, uno puede tolerar cualquier cosa. La soledad es la ms ruin de las emociones humanas: no se puede caer ms bajo. El que la soporta, se salva. Ya basta de cavilar, piensa: slo falta que amanezca.

El Eiger le ha enseado una leccin a Hermann, desde ahora ser su Monte Filosofal. Pero por mucho que haya aprendido, lo que quiere es alcanzar ya la cima. Parece que la noche no quiere acabar nunca. Al cabo del tercer vivac, los pulmones y los riones emiten dolores lacerantes. Eso quiere decir que sigue vivo, piensa en seguida Hermann. Tiene que mantener el cuerpo activo, por muy debilitado que est. Se pone lentamente en marcha hacia arriba siguiendo las rdenes de la voluntad, esa cruel dictadora. El objetivo de todos sus esfuerzos es siempre el punto ms alto. Cumbre. Los hombres se dan la mano, no tienen fuerza ni para decir unas palabras, ni para sentirse felices, ni para tan siquiera sentir. El agotamiento opaca cualquier otra percepcin. Es como una llama apagada. Los hombres inician el descenso mecnicamente. La montaa les da paso libre: ya estn hartos de ella, no saben qu impulso los trajo hasta aqu. El monte ha perdido su influjo. De qu ha servido pasar tantas calamidades, piensa Hermann mientras desciende, si al final no te queda nada ms que un deseo? Dormir, dormir hasta el fin de los das. De pronto cree que su vida es absurda, ha apostado por el caballo equivocado. La montaa te quita todo y no te da nada a cambio, te escupe lejos de s y te deja hecho una pena. No se gira ni una sola vez a medida que se va acercando al Kleiner Scheidegg.

Y su mujer, cmo ha pasado estos tres das? Ella tambin est encordada, atada a un cabo invisible que le roba toda autonoma, que le impulsa a mirar por los prismticos como una marioneta en cuanto las nubes dejan ver una parte de la pared. Cuando el negro muralln aparece entre los jirones de niebla, igual que un barco surge entre el oleaje, solo unos instantes, para volver a ocultarse en el valle de una ola: ese es el momento en que los ojos de Geni buscan con ansiedad el anorak rojo de Hermann, un punto rojo en la roca, una seal de vida.

Con la nia en brazos, recorre ansiosa el mirador de un extremo a otro. En el collado, a dos mil metros de altitud, el tiempo tampoco est para ir de paseo. El aguanieve la golpea en la cara, la pequea refunfua porque intuye el nerviosismo de su madre y porque tiene fro. Geni entra de nuevo en el refugio para calentarse y beber un t, tambin pide un poco de agua caliente para preparar un bibern. La nia la mantiene ocupada, pero es un quebradero de cabeza. El refugio est lleno de montaeros que esperan a que cambie el tiempo y de domingueros que esperan que ocurra algn suceso destacable. Dnde si no hay posibilidades de ver en directo el peligro que acecha al alpinista o de presenciar un arriesgado rescate? Dnde se puede sentir de cerca el aliento de la tragedia sin exponerse lo ms mnimo? Las conversaciones giran en torno a las cuatro cordadas que siguen pendiendo de un hilo en la pared. Geni est harta de or otra vez lo mismo, pero no puede ignorarlo porque sus pensamientos estn con ellos en el muralln rocoso. Con las ganas que tena de venir aqu, ahora resulta que est atrapada en el refugio. Y an debera dar gracias por estar bajo techo y con calor. Slo de pensar en los hombres colgados en vertical, con este fro lacerante... se le cae el alma a los pies. Agarra a su hija, la abraza con ternura y juega con ella al caballito. Le encanta cuando la pone a horcajadas sobre la rodilla y la balancea arriba y abajo, se re sin parar. Por la noche, el cuarto de las literas es su escondite. Por suerte la nia duerme muy tranquila en este entorno desconocido. La altitud, el fro de fuera y el bullicio de dentro han acabado por agotarla. Geni escucha su respiracin pausada, sepulta la cara en la infantil melena de su hija, lanza jaculatorias mudas con la esperanza de ser oda y logra por fin conciliar el sueo.

Al tercer da tiene los nervios a flor de piel. En el refugio se siente como una leona enjaulada. Intenta moldear el destino con un juego: si es capaz de recitar a su hija El aval, de Schiller, de un tirn, vendr Hermann a su encuentro. Despus de esta balada le toca el turno al buceador y luego al Rey de los Elfos, de Goethe, y despus al len de Florencia. Confa en el poder de la sugestin y no se da por vencida. Mientras estaba recitando la historia del jinete que galopaba sobre el lago, oy unos pasos que se acercaban. Exclam: "Hermann" y escuch una voz familiar que le responda. Entonces se dibuja entre la niebla una silueta que se le acerca. No es un espejismo, los poemas han surtido efecto.

Hermann abraza a su mujer y a su hija. Es maravilloso que te estn esperando! Cuando las tiene en sus brazos se le descongela el alma. La suya es una mujer de una pieza, la nica a la que quiere. Tiene que estar loco para dejar que las cumbres le nublen el sentido: faltan a sus promesas, destrozan a los mejores hombres y, de paso, tambin a sus familias. Qu suerte ha tenido con Geni, su tesoro! Se jura que en el futuro va a pasar ms tiempo con ella. Pero los buenos propsitos de un alpinista, por muy enamorado que est, son como las tormentas de verano: duran poco.


Tags: Eiger, Buhl

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Sobre este Blog
Blog creado por Nanga Parbat el 11/11/2015

Si os interesa la vida de Hermann Buhl, vencedor del Nanga Parbat y del Broad Peak, uno de los ms grandes alpinistas de todos los tiempos, ste es vuestro sitio. Este blog est dedicado a l con la intencin de ofreceros no slo una crnica novedosa de sus legendarias ascensiones, sino tambin una perspectiva del montaismo que quiz para muchos sea desconocida: la de su familia. Qu siente una esposa y madre cuando sabe que la vida de su marido pende de una cuerda? Cmo soporta la familia el vaco que queda tras una tragedia? Os ofrezco aqu el testimonio directo de la hija mayor de Hermann Buhl, a la que conozco personalmente. Que disfrutis.


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