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Los alpinistas tambin tienen familia

  

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en la cumbre del Nanga Parbat

Publicado por Nanga Parbat  |  1 comentario


Hola a todos. Aqu tenis la segunda parte de las aventuras de Hermann en Pakistn (prcticamente la continuacin del post anterior). Si os gusta, no dudis en escribir un comentario, que siempre se agradece. Salud y suerte.

Es una noche clara. La luna, dibujando una ntida hoz en el cielo, ilumina tenuemente al hombre que sube desde hace horas por la arista, solo, sin prisa pero sin pausa. Respira dos veces a cada paso, es un buen ritmo. Al noreste, sobre los picos del Karakorum, se vislumbra una cinta de oro, seal de que la noche cede su trono al alba. Promete ser un da precioso. Son las cinco; come un par de bocados de fruta seca y se queda maravillado por el panorama que se le ofrece. El nimo de Hermann no decae lo ms mnimo cuando mira hacia arriba y contempla la armoniosa lnea del collado de Plata, la antesala de la cumbre. Ah abajo cree reconocer a Otto, un punto minsculo al inicio de la trasversal. Ya pronto le dar alcance, piensa: no hace falta que venga corriendo. Lo que no puede hacer es esperarle, hoy no puede perder ni un minuto. La ruta que tiene por delante es demoledora, un interminable tobogn a travs de un dursimo sastrugi que recuerda la superficie de un mar bravo que se ha quedado helado de repente. El collado de Plata parece exactamente a la misma distancia que antes: es por el aire tan fino, que borra cualquier medida y pulveriza la capacidad de raciocinio. Al cabo de dos horas llega al borde del collado. Por fin. Se deja caer en la nieve, bebe un minsculo sorbo de la cantimplora y prosigue la marcha: tiene que seguir. Ante l se extiende una explanada argntea, interminable, de tres kilmetros. Poco a poco, un cansancio plomizo le va entumeciendo todos los huesos. No le llega aire. Ahora respira cinco veces a cada paso. Qu le ocurre? Ya est en la zona de la muerte? El altmetro le dice que s, indica siete mil quinientos metros. En esta zona, el cuerpo se deteriora peligrosamente. La sangre se espesa de tal manera que no puede alimentar a las clulas, lo que tarde o temprano significa la muerte. Comienza una carrera contra el reloj: lo siente cada vez que lucha por respirar, a cada movimiento. Sus fuerzas se van agotando, mientras que la fuerza del sol se hace insoportable. Ser por la radiacin? Es algo inaudito: la nieve est seca y el aire es fro, pero el sol quema hasta las entretelas, deseca el cuerpo y obliga a Hermann a hincar la rodilla. Se sienta en la nieve jadeando como un poseso, intenta comer algo, pero es imposible tragar. Las mucosas bucales estn secas como el esparto. De nuevo distingue un punto, ah abajo en el llano. Otto. Sera estupendo que el camarada pudiera darle alcance. Pero el punto no parece moverse. Ojal no se haya rendido! Ms tarde, Otto le confesar que sufri una tremenda pjara en la explanada y no tuvo ms remedio que dar la vuelta.

Son las diez de la maana. Hermann se incorpora de nuevo y se recompone. La mochila pesa como una losa, le destroza los hombros. Para qu la quiere? Las provisiones carecen del ms mnimo valor, as que se la quita y la deja en la nieve. Se ata el anorak a la cintura, envaina el piolet al costado a modo de espada y mete la cantimplora y las banderas en los bolsillos. Con la cmara de fotos en bandolera y apoyndose en los bastones de esqu, prosigue su solitaria marcha. (...)

Las cuentas no le cuadran. Su plan era haber llegado a la cima al medioda, pero a las catorce horas recin llega al collado Bazhin, la profunda entalladura entre la cumbre secundaria y la principal, a siete mil ochocientos veinte metros. Todavia tiene que salvar trescientos metros de desnivel hasta el pico. El hambre le mordisquea las tripas y la sed le martiriza, pero Hermann quiere reservar el ltimo trago de t todo el tiempo que pueda. Las etapas entre descanso y descanso son cada vez ms cortas. Le gustara tumbarse y no levantarse nunca jams. Y si probara el Pervitin? Moviliza las ltimas reservas del cuerpo. En un par de horas ya debera estar de vuelta, antes de que pase el efecto. Vacilante, mete dos pastillas en la boca y espera que hagan efecto. No hacen nada. Aunque a lo mejor s que ayudan y si no fuera por ellas no podra ni moverse. El pasaje ms difcil est an por llegar, planchas de fro granito, empinadas laderas de neviza: hay que escalar. Deja los bastones en la nieve. A sus pies se desparrama el valle de Rupal, cinco mil metros ms abajo, pero no est para admirar paisajes. La escalada le entretiene, exige toda su concentracin, pero solo un par de minutos. En cuanto halla una postura en la que puede respirar, el agotamiento le golpea con una virulencia desconocida. Siente que el corazn le va a reventar el pecho. No le llega el aire, pero se obliga a continuar. Ahora la que gobierna y dispone es la voluntad, que piensa nicamente en subir. El cuerpo se ha apagado hace rato. Como en un sueo hipntico, Hermann sigue andando, inmisericorde, inasequible al desaliento. Avanza por la arista a cuatro patas y slo se detiene al alcanzar el punto ms alto. A las siete de la tarde pisa la cumbre. Solo. Ms solo que nunca. En un lugar donde nunca haba llegado nadie. Ha cumplido su objetivo y sin embargo no es consciente de la magnitud de su gesta. No siente ni orgullo ni alegra por su triunfo. nicamente alivio, porque ya no tiene que seguir subiendo. Y un vaco infinito. En el espacio bajo sus pies se ha borrado todo recuerdo de l. En el espacio sobre su cabeza se ha borrado todo recuerdo del cielo. Se halla en la tierra de nadie del primer hombre, encapsulado en otra poca, sin vnculos con la Tierra.

El sol ya llega a tocar el horizonte, los valles van quedando en penumbra. El tiempo se le echa encima y hace lo que tiene que hacer. Como un autmata, saca fotos de todas las cumbres vrgenes que tiene alrededor; de la ensea del Tirol, colgada de su piolet. Y por ltimo de la bandera de Pakistn, que se queda en la cima junto con el propio piolet. La nieve y el hielo cubrirn pronto su piqueta y la bandera, pero la foto es un documento histrico. Casi cincuenta aos despus, un alpinista japons encontrar el piolet en la cumbre, casi desnuda de nieve, y se lo devolver a la viuda de Hermann en la lejana Alemania.

Un ltimo vistazo a la cumbre y se da la vuelta. El gran da va tocando a su fin. De repente recuerda una promesa. Vuelve al punto ms alto y deposita una piedra. Es para su mujer, que estar en casa sufriendo. Emprende la peligrosa bajada y pronto echa de menos el piolet. Al poco recupera los bastones que haba dejado en la subida. De pronto se le afloja un crampn y la correa que lo sujetaba a la bota desaparece para siempre bajo sus pies. No tiene a mano nada con que amarrar el crampn, ni siquiera un poco de cuerda, as que tiene que prescindir de l. Desciende de la cumbre como un sonmbulo, con el ocaso pisndole los talones. Si pudiera llegar al collado Bazhin antes de la noche! En ese caso podra cruzar el llano a la luz de la luna y llegar hasta el campo cinco. Pero de repente se echa la noche. Apenas ha bajado doscientos metros cuando la oscuridad envuelve al hroe solitario y lo mantiene aislado de los otros humanos. Hermann tiene el tiempo justo de alcanzar una cornisa de piedra tambaleante y minscula, en la que apenas caben los pies: no hay sitio para sentarse. Tiene que pasar la noche de espaldas a la pared, de pie, sin tienda ni funda, ni un jersei decente. Ni siquiera tiene una cuerda para amarrarse y no despearse. (...)



Comentarios sobre este Post
1 usuario ha realizado 1 comentario
  • 1 - J Facocero - 27/03/2016 - 20:35 - Informar de comentario ofensivo

    me alegra comprobar que Hermann contina en el recuerdo y especialmente desde este punto de vista tan humano y familiar. Gracias por tu aportacin con estos relatos tan interesantes, nimo y contina... por favor!!


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Sobre este Blog
Blog creado por Nanga Parbat el 11/11/2015

Si os interesa la vida de Hermann Buhl, vencedor del Nanga Parbat y del Broad Peak, uno de los ms grandes alpinistas de todos los tiempos, ste es vuestro sitio. Este blog est dedicado a l con la intencin de ofreceros no slo una crnica novedosa de sus legendarias ascensiones, sino tambin una perspectiva del montaismo que quiz para muchos sea desconocida: la de su familia. Qu siente una esposa y madre cuando sabe que la vida de su marido pende de una cuerda? Cmo soporta la familia el vaco que queda tras una tragedia? Os ofrezco aqu el testimonio directo de la hija mayor de Hermann Buhl, a la que conozco personalmente. Que disfrutis.


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